La Luna, la emoción y la razón

En un mundo donde reinan la razón, el análisis, el espíritu lógico ávido de orden, de método, de organización y de cálculos, la emoción sufre. Hasta tal punto que la mayoría de las veces los hombres y las mujeres retienen o inhiben sus emociones; así, la televisión y el cine se han convertido en sus válvulas de salida y sus catalizadores. Ante una pantalla y unas imágenes, lloramos y nos trastornamos, pero ya no nos emocionamos con nuestra propia vida. Ya no es el otro quien nos emociona, sino su imagen virtual. Ahora bien, cuanto más razonables, reservados, en una palabra, civilizados nos queremos mostrar, más daño hacemos a nuestras emociones y más las tememos. En efecto, al negarnos, a pesar nuestro, a sentirlas, a integrarlas en nuestras vidas, simplemente a vivirlas, hemos dejado de conocerlas. Ahora bien, en un mundo donde se hace lo que sea para tener seguridad y preservar los bienes adquiridos a toda costa, aunque digamos lo contrario, lo que nos da más miedo es lo desconocido. Por ello, no debemos tener miedo de decir que las mujeres -que evolucionan espontáneamente en un universo de emociones, cuya naturaleza es básicamente receptiva, y vibra y vive en la emoción pura- se equivocan al adoptar los papeles de los hombres en un mundo masculino, que no lo es por su aspecto viril, sino por su sed de imponer un orden, un poder, una realidad única en el mundo y en la vida.
De manera que, como vemos, no es la conciencia revelada por el Sol la que se opone a la emoción indicada por la presencia de la Luna en la carta astral, sino la razón fría y dura, la temible lucidez propia de Saturno. Puesto que, cuando decidimos que tenemos razón, la emoción no tiene ninguna importancia. Y, sin embargo, es en el corazón de la emoción de donde emergen, nacen y se mueven los pensamientos, los sentimientos, las sensaciones buenas y malas -que nos permiten escoger, distinguirnos, diferenciarnos los unos de los otros, singularizarnos-, las pulsiones y repulsiones instintivas, la noción del bien y del mal, de visible y de invisible, la imaginación y los sueños, todas las percepciones. Es la emoción la que nos encamina, la que nos inicia en la más bella y más fuerte de las sensaciones, los pensamientos y las creaciones humanas: ¡el amor! Al relegar la emoción a un pasado anticuado para el hombre, estamos rechazando, ahogando y negando todo esto. Nuestra conciencia y voluntad, representadas por el Sol, requieren tanto la emoción y la sensibilidad de la Luna, como la razón y la lucidez, encarnadas por Saturno, para ayudarnos a realizarnos plenamente. Como ya hemos precisado con anterioridad, nunca cambiamos. A veces, sin embargo, nos hacemos la ilusión de creer que hemos cambiado porque, en un momento dado, decidimos conceder más importancia a uno u otro componente de nuestra personalidad, en detrimento de los otros. En realidad, jamás debemos negar, rechazar o contrariar nada en nosotros. Voluntad, sensibilidad y lucidez deben vivir libremente. Y si, a veces, inevitablemente, engendran tensiones, contradicciones y dudas simultáneamente, estas últimas agudizarán nuestra razón, nuestras emociones y nuestra conciencia.


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