La astrología nació en Mesopotamia

Desde tiempos inmemoriales, bajo el cielo de Oriente casi permanentemente transparente, donde todas esas joyas doradas relucían con pleno fulgor durante noches enteras, aquellas gentes (los mesopotámicos) fueron fascinadas por los astros, de los que, durante siglos y siglos, observaron, anotaron y estudiaron con tesón sus apariciones y ciclos. No solamente se trataba de la multitud de estrellas fijas y sus constelaciones, de las cuales acabaron por extraer, a mediados del primer milenio antes de nuestra era, una secuencia zodiacal, sino también de las grandes luces del día y de la noche, el Sol, y en especial la Luna que regía su calendario, y finalmente los planetas: Venus que llamaban Ishtar, nombre de la diosa del Amor; Júpiter, “el Astro Blanco”; Mercurio, “el Muflón”; Marte, “el Ardiente”, y Saturno, “el Constante”, cuyas apariciones, movimientos, ausencias y eclipses podían predecir sin error. Es posible que hubiesen visto brillar los astros, y que los confundieran con pictogramas dibujados allá arriba por los dioses, para decidirse a divulgar sus conclusiones.

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A partir de lo que pudieron observar los astrólogos súmenos con respecto a los movimientos de la Luna, nació el calendario lunar, que representa las fases mensuales de la Luna.





 

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